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¿Hay verdad en la ficción?: una carta

A. Condori | 🕒 11 min. de lectura

▇▇▇▇▇▇▇,12 26 de agosto de 2017

Papá:

La gente lee libros de todo tipo. Si andas en transporte público, verás que lo más leído es un género llamado narrativa (novelas). En inglés las novelas pertenecen a un género que ellos llaman fiction (ficción). Me parece muy significativo que el mismo género reciba dos nombres que implican enfoques tan dispares, ya que, mientras narrativa resalta las historias en su carácter de «cosa contada», ficción incide en la idea de que lo que se cuenta es, en cierto modo, «no real», pensamiento que no es del todo inusual entre los lectores de géneros que llamaremos «no ficticios».

Realidad frente a factualidad

Parece muy clara la diferencia entre una narración ficticia y otra que no lo es. Esa diferencia residiría en el carácter factual (o no factual) de lo que se cuenta. El 12 de octubre de 1492 la expedición de Colón llega a la playa de una de las islas Bahamas; ahí decimos que se trata de una narración factual (del inglés fact ‘hecho, dato’), una narración de «hechos». Por otro lado, vamos a un texto que conoces, como El mundo es ancho y ajeno de Ciro Alegría. Los hechos narrados en esa novela no son factuales: no es probable que existiese la persona de Rosendo Maqui, como seguramente tampoco existió la comunidad de Rumi ni existieron propiamente ninguno de los hacendados o leguleyos de los cuales nos habla el autor. Es más, los excesos contra los indios de los que habla el libro tampoco serían factuales puesto que las personas que intervinieron como verdugos o víctimas eran imaginarias. Pareciera entonces que lo factual estuviera basado en la fidelidad absoluta a los detalles. Pareciera que fueran los detalles, algo que puede ser verificado y cotejado, lo que otorgara factualidad a los relatos. En este punto se me ocurre que dicha factualidad aspirara a convertirse en una especie de «verificación de la objetividad» de un texto a través de sus detalles.

La pregunta que, en algún momento, yo me he hecho es la siguiente: ¿es «lo factual» el equivalente narrativo de «lo real»? Y creo que es una pregunta plenamente justificada ya que, para ciertos lectores, lo máximo a lo que puede atenerse un texto es a la factualidad: su parte verificable, su trazo no subjetivo. Esto equivaldría a afirmar que solo puede ser real lo objetivo y que la subjetividad, desde esa óptica, no es otra cosa que un páramo despoblado de cosas reales.

Volvamos a Ciro Alegría. ¿Es posible que El mundo es ancho y ajeno, a pesar de no ser factual, esté contándonos algo real? ¿Puede haber realidad sin factualidad? ¿Puede existir una realidad no objetiva y no objetivable? Para responder a esa pregunta primero debemos entender por qué contamos cosas. La respuesta es muy simple: para compartirnos a nosotros mismos con otros seres humanos. Porque nosotros, en realidad, ¿qué somos? Somos hombres en tanto que podemos atestiguar haber vivido experiencias humanas y tener una visión humana del mundo. Esto es tan crucial que, de hecho, los casos raros de niños que, por algún motivo, crecieron sin contacto humano normal (habiéndose criado entre lobos o escondidos por sus papás en un sótano) tienen una humanidad limitada, ya que su experiencia humana —y, en consecuencia, su visión humana del mundo— también lo es. Es decir, el hombre, para ser plenamente hombre, necesita a los demás hombres.

Compartir lo humano

Y aquí es donde la literatura, en general, y la ficción, en particular, cobran un significado crucial. Son vías extraordinarias por las que podemos alcanzar a ser hombres en un sentido más amplio de lo que podríamos ser sin ellas. El contar historias (que, en el fondo, en eso consiste la literatura) no es más que compartir, socializar, una visión humana particular sobre el mundo: algo que siempre se ha hecho y que constituye, en sí misma, una experiencia humana. Cuando te contaban el cuento del cóndor y el zorro que competían por ver quién aguantaba más sin congelarse, en realidad no te contaban nada sobre un cóndor y un zorro; eso es solo una apariencia narrativa. En realidad estaban compartiendo contigo una forma humana de ver el mundo, unas veces moralizante, otras veces de otro tipo. El cóndor o el cuy o la huallata son pretextos elaborados para hablar principalmente de la condición humana; no solo de que somos hombres sino de cómo somos hombres.

Y eso es, en resumen, narrar: poner en palabras una visión humana de la realidad usando como pretexto una historia. Contar historias no solo es una necesidad del narrador, sino también algo buscado por quien oye la historia. No es solamente el autor de la historia el que quiere imprimir su visión —parte de sí— en otros hombres, sino que quien recibe la historia como oyente o lector busca asimismo una forma de expandir su visión y experiencia humana a través de la visión y experiencia humana de otros. Cuando somos niños estamos aprendiendo a ser hombres y no me parece casual que los niños precisamente se encuentren entre los seres más decididos a oír historias de todo tipo. El sentimiento de fascinación por las historias que nos han contado forma parte de los recuerdos más vívidos de la infancia. En las sociedades tradicionales del pasado dar hospitalidad a un forastero iba siempre unido a la excitante posibilidad de escuchar noticias, historias o perspectivas nuevas y emocionantes. Recibir historias diferentes lo hace sentirse a uno especial en tanto que enriquecido por la humanidad de otros hombres. La literatura, la ficción, son, por tanto, eso: una manera fascinadora de narrar parte de nuestra humanidad a otros hombres y una forma de recibir en nosotros mismos la humanidad de nuestros congéneres.

El contar historias solo tiene sentido para quien las cuenta si lo narrado le es significativo. Ningún escritor toma la pluma para contar cosas que realmente ni le van ni le vienen. Al contrario, como escritor, soy un individuo y, como individuo, coparticipo de buena parte de la experiencia humana (porque soy humano) pero también reconozco la existencia de algo que es privativo de mi experiencia personal y es único. Ese tesoro de especificidad personal —¿por qué soy yo único? ¿por qué me importan ciertas cosas y no otras?— es lo que todo escritor querría transmitir a su público. Es decir, no solo quiero ser reconocido como humano en lo que es común a todos los hombres, sino que también quiero ser reconocido como individuo en aquello que soy único en mi experiencia humana.

Subjetividad

Con esto en la mano puedo —ahora sí— intentar responder a la pregunta de si la ficción puede transmitirme, como lector, algo que posea el valor de las cosas reales. Quiero decir: ¿puede la ficción ir más allá de ser un «cuentito»? Mi respuesta es que sí puede y que su valor se encuentra casi siempre en su dimensión subjetiva no factual, que es la que apela directamente al interés del hombre por nutrirse de lo humano. Puedo decir que el nazismo mandó matar a 6 millones de judíos y es un dato que, sin duda, me impresionará pero quizá no «me llegará» tanto como tomar el relato de un solo judío (por ejemplo, el de Anna Frank o el de Primo Levi) que me transmiten no solo el dato terrible, sino que me hacen entrar en la subjetividad de ser una víctima de una forma que apela a mi comprensión «desde adentro». Primo Levi y Anna Frank tie­nen algo en común: son bastante factuales pero también hablan desde su propia subjetividad. Igual que Ciro Alegría en El mundo es ancho y ajeno. Y, sí, hay otras formas de conocer el sufrimiento del pueblo indio durante los años del gamonalismo. Incluso puedo decir que hay formas más factuales de informarse sobre esto, pero leer a Alegria, a Icaza o a Arguedas nos lleva «desde adentro» al corazón de lo esencial y lo humano de esa experiencia, mientras que un informe antropológico de la época puede ser más factual pero no nos lleva «adentro» ni apela directamente a nuestra fibra humana. Esa es la diferencia. Yo, al leer Huasipungo, entiendo y siento algo que, de otra forma, no entendería ni sentiría. Leyendo soy capaz de esta proeza que es experimentar a escala humana algo que nunca viví como humano. Lo llamo proeza porque es una proeza.

Así, puedo decir que, al leer a Alegría, no me están embaucando con una mentira contrafactual, sino que me estoy nutriendo de una verdad cuya naturaleza no sería posible comprenderla totalmente desde la no humanidad y desde fuera de la subjetividad del relato. La novela me lleva a mí hacia otra verdad, y voy a llamarla verdad humana, porque cada relato no deja de ser, en cierto modo, una tesis particular sobre algún aspecto de nuestra condición como humanos.

Lo cual no quiere decir que la novela tenga las respuestas. A veces, la mayoría de las veces, lo único que puede aventurarse el autor a darnos son sus preguntas. Una novela tan de género fantástico como el Frankenstein de Mary Shelley puede ser vista de forma muy simplista como una «historietucha de monstruos sin importancia», pero es en sí misma el planteamiento de una pregunta muy seria: ¿en qué consiste aquello que te hace humano? ¿cómo puedo ser yo un hombre? ¿se puede serlo sin los demás hombres? ¿son los demás los que me hacen a mí hombre?

Una novela como Solaris, de Stanislav Lem, va más allá de ser un simple relato de ciencia ficción o, si se quiere, de naves espaciales. Al final, lo que trata de decirnos es que quizá seamos incapaces de comprender a otra inteligencia. En última instancia suscita una duda sobre si podemos comprender totalmente a los demás, lo cual no es nada trivial porque, si no podemos comprender, tampoco podremos ser jamás comprendidos: un auténtico drama cuando pensamos en nuestra humanidad como fruto de la comprensión por otros hombres. No cabe duda de que Solaris es una novela totalmente imaginada (como casi todas las novelas) pero contiene el germen de algo que, como persona, me incumbe profundamente.

Mala literatura

Por supuesto, hay buena y mala literatura. En realidad, abunda más la mala literatura que la buena. Normalmente un relato falla porque el autor no consigue trasladar su subjetividad a la subjetividad del receptor del mismo. A veces es una cuestión de técnica: su técnica de narrar no hace que el receptor llegue a ver su mundo «desde adentro». A veces el fallo está en la propia tesis del autor: no tiene los suficientes elementos humanos como para que otros hombres puedan sentirse identificados, es decir, carece de lo que anteriormente llamé verdad humana. Es el tiempo el que suele acabar determinando qué relatos merecen realmente pasar a la posteridad y cuáles deben ser olvidados. Madame Bovary, Crimen y castigo, etc., siguen estando en plena vigencia porque tratan del hombre —de la insatisfacción, del ensimismamiento, de la perfidia—. En general, en una buena novela se cumple la premisa de que el autor realmente tenía algo que contar. Por eso muchos autores solo escriben una buena novela, en la que cuentan toda su verdad, o están siempre repitiendo la misma verdad con distintas historias. Los escritores, antes de ser escritores, son personas con su verdad.

Así pues, la ficción literaria no es una fuente de datos históricos o de otro tipo, sino un laboratorio de visiones del mundo donde podemos ver desde adentro algo que, si no nos lo contasen, no estaría a nuestro alcance ver debido a que somos nosotros mismos en vez de ser otros. La vida de la mayo­ría de los hombres es lo suficientemente anodina y convencional como para verse grandemente incrementada por las experiencias y verdades humanas que le ofrece la literatura. La gente que leyó Huasipungo comprende mejor una realidad humana que, de otra manera, sería para ellos nada más que un dato en una enciclopedia. La alternativa —convertirse en siervo de una hacienda— sería inabordable.

La literatura, pues, me acerca a pensar lo impensable. Esa es su grandeza.

Verdad humana

Como tesis sobre lo humano, la literatura significa una apuesta arriesgada para el autor, que lanza al mundo su visión de una verdad humana en la que otros hombres podrían ver algo intolerable o ridículo, en el mejor de los casos. Vargas Llosa describió la geografía y el ambiente de su grupo de amigos del barrio de Miraflores de su juventud en sus primeras novelas, arriesgándose a que ahora se le pueda llamar blanquito miraflorino. Lo mismo, con un gran humor, hizo Bryce Echenique, que habló sobre su mundo de la clase alta —altísima— de Lima. Pero no pudieron haber escrito otra cosa, porque esa era su verdad, lo que vivieron, y por eso sus relatos tienen el don de acercarnos a mirar esos mundos ajenos «desde adentro». Son efectivos porque tienen «verdad», no la verdad sino su verdad, que es lo que siempre ha de tener una obra literaria que aspire a ser leída y admirada.

Finalmente, la ficción literaria tiene verdad, pero no está donde se la busca. Una obra es falsa cuando le falta verdad humana.

Un abrazo, papá. Te seguiré escribiendo. Tú también puedes escribirme. Hay muchas cosas de que hablar.

Te quiero.

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  1. Cuando publicas una carta que realmente es una carta (ha sido enviada y recibida) te ves obligado a oscurecer detalles personales y a editar mínimamente el original. Por ejemplo, esta carta no tuvo pies de página en un principio pero aquí se los pongo. También divido el texto en secciones, a las que añado título donde conviene. (↑)
  2. La imagen que ilustra esta carta es cortesía de Linnell Esler. (↑)

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